ESPIRITISMO Y EVANGELIO MERCEDES CRUZ


ESPIRITISMO Y EVANGELIO

La idea del progreso es una de las más complejas de la Modernidad y la más difícil de abordar. La humanidad en la Época Moderna ha logrado acumular una cantidad impresionante de conocimientos; ha inventado fuerzas productivas muy superiores a las de los milenios anteriores; ha desacralizado el cuerpo humano y desencantado a las sociedades; ha suplantado el quehacer de la evolución y ha comenzado a crear sus propias especies vegetales y animales, y está logrando inventar y construir una civilización planetaria e incluso espacial.

Antiguamente la existencia del hombre se resumía en la lucha con las fuerzas externas, de modo de crear una ley de armonía entre él mismo y la naturaleza terrestre. Muchos siglos transcurrieron hasta que comprendiera la conveniencia de la solidaridad para enfrentar los peligros comunes. La organización de la tribu, de la familia, de las tradiciones, de las experiencias colectivas, exigió muchos siglos de lucha y de infortunios dolorosos.

La ciencia de las relaciones, el aprovechamiento de las fuerzas materiales que lo rodeaban, no requirieron menor porción de tiempo. Ahora, sin embargo, en las cumbres de su evolución física, el hombre no necesitará preocuparse, de modo tan absorbente, con el paisaje que lo rodea, razón por la cual todas las energías espirituales se movilizan, en los tiempos modernos, en torno de las criaturas, convocándolas al sagrado conocimiento de sí mismas, dentro de los valores infinitos de la vida.

Desde el momento que concebimos la idea en la mente de que la muerte no existe, que seguimos viviendo, más allá de la vida, el hombre pierde atención a las cosas materiales y empieza a preocuparse con el porvenir de su espíritu, que es eterno y trata de abastecerlo del mayor bien posible, a través de las buenas acciones y el buen comportamiento, porque tiene fe de que esto le beneficiara para su regreso a la vida real la del espíritu.

En la actualidad del planeta, habéis observado la desilusión de muchos utopistas de esa naturaleza, que soñaron con la igualdad irrestricta de las criaturas, sin comprender que, recibiendo los mismos derechos de trabajo y de adquisición delante de Dios, los hombres, por sus propias acciones, son profundamente desiguales entre sí, en inteligencia, virtud, comprensión y moralidad.

El hombre que se ilumina conquista el orden y la armonía para sí mismo. Y para que la comunidad realice semejante adquisición, para el organismo social, se hace imprescindible que todos sus elementos comprendan los sagrados deberes de auto-iluminación.

El mundo está repleto de elementos educativos, mayormente en lo referente a las teorías ennoblecedoras de la vida y del hombre, por el trabajo y por la edificación de las facultades y del carácter. Pero, tratándose de iluminación espiritual, no existe fuente alguna además de la ejemplificación de Jesús en su Evangelio de Verdad y de Vida.

Los propios filósofos que hablaron en la Tierra, antes que Él, no eran sino emisarios de su bondad y sabiduría, venidos a la carne para preparar su luminoso pasó por el mundo de las sombras, razón por la cual el modelo de Jesús es definitivo y único para la realización de la luz y de la verdad en cada hombre.

El Espiritismo, sin Evangelio, puede alcanzar las mejores expresiones de nobleza, pero no pasará de actividad destinada a modificarse o desaparecer, como todos los elementos transitorios del mundo. Y el espírita, que no razonó de su iluminación con Cristo-Jesús, puede ser un científico y un filósofo, con las más elevadas adquisiciones intelectuales, mas estará sin precepto y sin derrotero en el momento de la tempestad inevitable de la prueba y de la experiencia, porque sólo el sentimiento divino de la fe puede arrebatar al hombre de las preocupaciones inferiores de la Tierra hacia los caminos supremos de los páramos espirituales.

Hay una gran diferencia entre adoctrinar y evangelizar. Para adoctrinar, basta el conocimiento intelectual de los postulados del Espiritismo; para evangelizar es necesaria la luz del amor en lo íntimo. En la primera, bastarán la lectura y el conocimiento; en la segunda es preciso vibrar y sentir con Cristo. Por estos motivos, el adoctrinador muchas veces no es sino el canal de las enseñanzas, pero el sincero evangelizador será siempre el reservorio de la verdad, habilitado para servir a las necesidades de otro, sin privarse de la fortuna espiritual de sí mismo.

Por esa razón es que toda reunión de estudios sinceros, dentro de la Doctrina, es un elemento precioso para establecer el derrotero espiritual a cuantos deseen el buen camino. La misión de la luz es revelar con verdad serena.. El corazón iluminado no necesita de muchos recursos de la palabra, porque en la oficina de la fraternidad bastará su sentimiento esclarecido en el Evangelio. La gran maravilla del amor es su divino y profundo contagio. Por ese motivo, el Espíritu encarnado, para regenerar a sus hermanos de las sombras, necesita iluminarse primero.

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