HIJOS DEFICIENTES (HERMINIO. C. MIRANDA)


 


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HIJOS DEFICIENTES 

Hermínio C. Miranda

 

BIEN, ¿Y SI EL PEQUEÑO QUE RECIBIMOS no fuese hermoso, inteligente y sano? La primera actitud a asumir, tan pronto hayamos absorbido el impacto mayor o menor que nos ha causado esa verificación, es que la persona que nos ha sido entregada es un ser humano, tan hijo de Dios como cualquiera de nosotros. La segunda postura, tan firme y urgente como esta, es la de que por alguna razón concreta ha venido a nuestra compañía un espíritu condicionado a ciertas limitaciones, eludibles unas, irreversibles otras, que nos incumbe aceptar para enfrentar las dificultades resultantes. El tercer aspecto a considerar es que el dolor, la desarmonía, el desajuste, son situaciones transitorias. La ley divina provee para todos nosotros un estado final de felicidad permanente, y por eso se hizo imperioso decretar, simultáneamente, la transitoriedad del sufrimiento. No hay sufrimiento eterno en ningún rincón del universo; hay seres que sufren por un período mayor o menor de tiempo, según la naturaleza de sus errores, y en razón directa del esfuerzo que procuran hacer para ajustarse a las leyes cósmicas infringidas, y todo está previsto y provisto para que se cumpla el objetivo final de la paz interior. Algunas religiones suelen llamar a esto salvación. El nombre no importa, sino la verdad que en ello se contiene. Un cuarto aspecto debe ser mencionado y esclarecido: y es que los padres de un crío deficiente tienen, necesariamente, una implicación personal en la cuestión.

En otras palabras: tienen una cuota de responsabilidad para ante aquel ser, aunque no necesariamente resultante de una culpa.

El ser humano no ha sido creado para la desgracia, el desamor, el sufrimiento, la angustia, sino para la felicidad. Toda la legislación cósmica converge para ese fulcro luminoso. No habría el menor problema en que llegásemos allá todos, en el tiempo oportuno, si comprendiésemos que las leyes divinas no operan contra nosotros, sino a nuestro favor. Y es precisamente por eso, o sea, porque están programadas para llevarnos a los más altos niveles de la perfección espiritual, por lo que ellas contienen apropiados dispositivos para promover la corrección del rumbo en nuestros derroteros evolutivos siempre que nos extraviamos por los atajos. ¿De qué otra manera la “Inteligencia Suprema” – que fue como los espíritus caracterizaron, sin definirla, a la Divinidad – guiaría nuestros pasos, sino creando leyes que nos traen de vuelta al camino correcto siempre que nuestras pasiones nos llevan a descarriarnos por los atajos?

Es cierto que el hijo que nos llega con deficiencias físicas o mentales viene con su mensaje de sufrimiento para sí mismo y para nosotros. Se hace difícil convencer a personas totalmente carentes de preparación para que acepten situaciones como esas, en las cuales el dolor que nos causan las limitaciones en un hijo o una hija muy amados es precisamente el remedio que la ley está administrando, a nosotros y a él, para que futuramente podamos llegar juntos al territorio libre de la paz, que está en algún lugar, esperándonos.

Rebelarse contra el medicamento prescrito para nuestras llagas resulta inevitablemente en un agravamiento de las mismas. La ley está siendo, en tales ocasiones, generosa y compasiva, nunca mezquina, dura, insensible o vengativa. Lo que está haciendo es ofrecernos la tan soñada oportunidad de recuperación, de restablecimiento, de purificación, todo lo cual, paradójicamente, anhelamos.

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