TESOROS (DE UN ANUARIO ESPIRITA)


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TESOROS

León Tolstoi

“Vended vuestros bienes, y dad limosna; haceos bolsas que no se envejezcan, un tesoro inagotable en los cielos, donde el ladrón no llega, ni la polilla destruye. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”. Jesús. (Lucas, cap. 12 v. 33 y 34).

“El amor a los bienes terrestres es una de las mayores trabas para vuestro adelantamiento moral y espiritual; por ese apego a la posesión de tales bienes, suprimís vuestras facultades afectivas concentrándolas todas en las cosas materiales. Sed sinceros. ¿Acaso la fortuna da una felicidad inmaculada? Cuando vuestros cofres están llenos, ¿no hay siempre un vacío en vuestro corazón? En el fondo de este cesto de flores, ¿no hay siempre un reptil escondido?

Comprendo que un hombre que, por su trabajo asiduo y honroso, ganó la fortuna, experimente una satisfacción muy justa; sin embargo, de esta satisfacción natural que Dios aprueba, a un apego que absorbe todos los otros sentimientos y paraliza los impulsos del corazón, hay mucha distancia, tanta como de la sórdida avaricia a la prodigalidad exagerada. Dos vicios entre los cuales Dios ha colocado la caridad, santa y saludable virtud, que enseña al rico a dar sin ostentación para que el pobre reciba sin bajeza”. Allan Kardec, El Evangelio según el Espiritismo, (cap. XVI, nº 14).

Casi bruscamente se había hecho de noche. Los últimos rayos del sol, ahuyentados por una intempestiva neblina, le cedieron lugar, y el viajero se vio de súbito en medio de la oscuridad, que ni siquiera estaba atenuada por la breve claridad lunar. En vano buscó en los cielos vestigios de estrellas, solamente encontrando bultos de pesadas y cargadas nubes, aflictivo pronóstico de tormenta. Una súbita ráfaga de viento, levantando nubes de arena y seca vegetación, confirmaba sus temores. Desalentado, con la angustia comprimiendo dolorosamente su pecho, trató de apresurar los pasos, con la esperanza de alcanzar la hospedería que sabía se encontraba próxima. Mientras caminaba, procurando orientarse por los imprecisos contornos del camino, viéndose perdido en medio de la negrura que lo rodeaba, tumultuosos pensamientos comenzaron a torturar su adolorida cabeza, haciéndolo repasar innumerables veces los acontecimientos del día, mientras hablaba consigo mismo, increpándose con inútiles reprimendas: –¡Josué, Josué! ¡Descuidado! ¡Mil veces inconsecuente! ¡Aunque estuvieses viajando por primera vez, aun así serías un idiota, un necio! ¡¿Y la experiencia?! ¡¿Dónde fue a parar?! ¡¿Cómo te dejaste envolver de un modo tan infantil?!

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